William Parish Robertson 1794-circa 1850) y su hermano John (1792-1483) fueron comerciantes británicos que desarrollaron sus actividades en los años posteriores a la independencia, desempeñándose fundamentalmente en la región del litoral, llegando hasta el Paraguay.
Su parentesco con Woodbine Parish, el primer cónsul británico en las Provincias Unidas del Río de la Plata, les permitió además, desarrollar actividades de tipo diplomático y tener una perspectiva amplia acerca de la situación política de la región.
Durante su estadía dejaron constancia de sus viajes en una nutrida correspondencia que se convirtió en una fuente clásica y de referencia obligada para quienes investiguen ese momento de la historia argentina. Esas cartas fueron publicadas años después, cuando ambos hermanos regresaron a Europa.
Transcripción del documento
Después de abandonar Lujan, vi dos miserables villas, Areco y Arrecife; vi tres pequeños pueblos, San Pedro, San Nicolás y Rosario, cada uno con 500 ó 600 habitantes; vi un Convento llamado de San Lorenzo, que albergaba treinta frailes; y vi también ranchos de barro. Vi cardos más altos que un caballo con jinete; aquí y allí pocos trozos de algarrobo ; pasto alto, innumerables ganados, alzados y mansos; gamas y avestruces retozando en la llanura; vizcachas barbadas saliendo en grupos, al caer el sol, de las mil cuevas que cortan el campo: ahora las zumbantes perdices volando de entre las patas de mi caballo; y luego el caparazonado armadillo apartándose aprisa del camino. De cuando en cuando se presentaba a mi vista el espléndido Paraná. La población del Rosario está situada sobre una alta barranca a pique que domina el río, pero su ancha y diáfana superficie no era interrumpida por ningún barco; sus magníficas aguas corrían con toda majestad, pero con todo el aislamiento de la Naturaleza, por que aquí el hombre ha abandonado a ella casi todo. Vi una corriente de dos millas de ancho y diez pies de profundidad en el sitio que yo reconocí y ese lugar estaba a ciento ochenta millas de la boca en el Plata y dos mil de su origen. No hay catarata que impida la navegación; no hay salvajes que pretendan interrumpir el tráfico o que sea necesario arrojar de las orillas.
La tierra en ambas márgenes es tan fértil como la Naturaleza puede hacerla y no ofrece dificultades de piedras o bosques para ararla. El clima es de lo más saludable y el suelo ha estado en posesión tranquila de una potencia europea durante trescientos años. Sin embargo, todo era silencio como la tumba. Al considerar rápidamente estas circunstancias, la inteligencia se abisma al contemplar todo lo que el hombre ha dejado de hacer, allí donde la Naturaleza le dijo tan claramente lo mucho que él podría haber hecho.
Para seguir leyendo:
Robertson. W.P. y N. (Traducción de Carlos A. Aldao)
La Argentina en los primeros años de la revolución
Deniri, Jorge Enrique Dos ingleses del siglo XIX en Corrientes: los Parish Robertson