Diario de Marcha del General Manuel Belgrano del 1 de enero al 7 de febrero de 1812

En 1812 Belgrano es nombrado comandante del Ejército del Norte. Esa fuerza había sufrido duras derrotas en el año anterior de modo que la junta decidió encomendarle a uno de sus máximos referentes la nueva expedición que tenía el objetivo de controlar la avanzada que desde Lima venía realizando el ejército realista. En ese trayecto, el contingente pasó por Rosario arribando a la zona el 7 de febrero. Luego de aprestar las baterías Libertad e Independencia, el General Manuel Belgrano mandó a hacer una bandera celeste y blanca y luego presidió la ceremonia de jura. El documento en el que Belgrano explica ese momento es breve y sin rodeos.

Excmo. Señor: En este momento que son las 6 y 1/2 de la tarde se ha hecho la salva en la Batería de la Independencia, y queda con la dotación competente para los tres cañones que se han colocado, las municiones y la guarnición. He dispuesto para entusiasmar a las tropas, y estos habitantes, que se formas en todas aquellas, y les hablé en los términos de la copia que acompaño. Siendo preciso enarbolar Bandera, y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional: espero que sea de la aprobación de V. E. Dios guarde a V. E. Muchos años, Rosario 27 de Febrero de 1812


Transcripción del documento

Comentado y anotado por el doctor Ernesto J. Fitte

Versión controlada con la publicación original por el doctor Miguel Carrillo Bascary

Después de abandonar Lujan, vi dos miserables villas, Areco y Arrecife; vi tres pequeños pueblos, San Pedro, San Nicolás y Rosario, cada uno con 500 ó 600 habitantes; vi un Convento llamado de San Lorenzo, que albergaba treinta frailes; y vi también ranchos de barro. Vi cardos más altos que un caballo con jinete; aquí y allí pocos trozos de algarrobo; pasto alto, innumerables ganados, alzados y mansos; gamas y avestruces retozando en la llanura; vizcachas barbadas saliendo en grupos, al caer el sol, de las mil cuevas que cortan el campo: ahora las zumbantes perdices volando de entre las patas de mi caballo; y luego el caparazonado armadillo apartándose aprisa del camino. De cuando en cuando se presentaba a mi vista el espléndido Paraná.

La población del Rosario está situada sobre una alta barranca a pique que domina el río, pero su ancha y diáfana superficie no era interrumpida por ningún barco; sus magníficas aguas corrían con toda majestad, pero con todo el aislamiento de la Naturaleza, por que aquí el hombre ha abandonado a ella casi todo. Vi una corriente de dos millas de ancho y diez pies de profundidad en el sitio que yo reconocí y ese lugar estaba a ciento ochenta millas de la boca en el Plata y dos mil de su origen. No hay catarata que impida la navegación; no hay salvajes que pretendan interrumpir el tráfico o que sea necesario arrojar de las orillas.

La tierra en ambas márgenes es tan fértil como la Naturaleza puede hacerla y no ofrece dificultades de piedras o bosques para ararla. El clima es de lo más saludable y el suelo ha estado en posesión tranquila de una potencia europea durante trescientos años. Sin embargo, todo era silencio como la tumba. Al considerar rápidamente estas circunstancias, la inteligencia se abisma al contemplar todo lo que el hombre ha dejado de hacer, allí donde la Naturaleza le dijo tan claramente lo mucho que él podría haber hecho.